Hoy fue una de esas tardes en que me caes mal, no entiendo
cómo es que después de tantos años puedo seguir maravillandome de las veinte
mil maneras en que te las arreglas para sacarme de quicio, una cosa llevó a
otra y sin darme cuenta ya estaba fuera de casa, caminando sin rumbo, enojada y
a punto de llorar, con la frente en alto para que nadie “mire mi sufrir” como
diría la de la canción…
Unas cuadras más adelante, el teléfono sonó y fue ahí
cuando me di cuenta de que estaba en los portales, tanto así había perdido la
noción de mis pasos, y es que a veces me siento culpable de sentirme tan
lejana, tan separada de ti, pero es que al paso del tiempo cada vez tenemos
menos cosas en común y mayores desacuerdos, entonces lo vi caminando hacia mí,
era justo como lo recordaba: alto, moreno, no el más guapo, pero sí el más
sexy, con su voz de W-F.M. me saludo con la mano levantada en el aire y las piernas se me volvieron de espagueti, yo
ahí, de pie con cara de estatua, entre
estupidifacta y patidifuza, como bien dice mi amiga Marisol… solo acerté a
saludarle de lejos y lo ví continuar acercándose, platicamos lo básico, ese
tipo de pláticas para romper el hielo:
-¿Casado?,
- No, cómo crees y ¿tú?
A riesgo de que me apareciera un tatuaje fosforescente que
dijera “MENTIROSA” sobre la frente dije
que yo tampoco, continuamos caminando, sonrisas, tomados de la mano, recordando
los pasados, deshojando margaritas, compartiendo un helado… y de repente como
si el magnetismo nos llevara, la puerta de entrada de un hotel, entrar o no
entrar he ahí el dilema, la intención de gritarle: - Pero, ¿qué te has creído?,
reprimir las palabras antes de que salgan de la boca y caminar mansita al
matadero, nunca un pollito fue con más gusto a ser sacrificado.
No hablar durante todo el pasillo, sólo miraditas de
complicidad y roces de los dedos. Encontrarse en la inmensidad de una
habitación de 4x4 con pantalla plana y almohadas acomodadas estratégicamente.
Sonrisas de torpeza mientras la ropa estorba y la urgencia
va creciendo…
Darse cuenta de que el tiempo, no perdona ni pasa en vano,
adiós al abdomen marcado y a los bíceps perfectos, pero hoy te ves mejor que
nunca, ni ideal, ni etéreo, mundano, mío y completo.
Dibujando mariposas en tu cuerpo me olvido de la tristeza,
del coraje y del tiempo…
Los besos, las caricias poco a poco se vuelven expertos,
como si no hubiera pasado el tiempo, como si los años siguieran detenidos en el
tiempo, terminar, gritar, gemir, jadear, otra vez, una más… se acabó.
-Hasta luego
- ¿Me das tu teléfono?
- Mejor tú a mí el tuyo, yo no tengo. (La mentira de nuevo,
es que la culpa es un animal escurridizo).
-¿Te llevo a algún lugar?
- No, gracias, aquí me quedo.
Caminar ahora más lento, admirando los colores de la tarde, los pasos
ahora se hacen eternos, llegar a la puerta de casa, dar un par de vueltas a la llave, mirarte ahí
sentado con cara de borrego regañado y decirte al oído: -Lo siento. ¡Cuánto te
quiero!
Ficción o realidad, la sonrisa en mis labios me da la
respuesta, el recuerdo da fuerzas para seguir viviendo.
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